sábado, 26 de noviembre de 2016

Martes 29 de noviembre

Lectura del santo evangelio según san Lucas (10,21-24):

En aquella hora Jesús se lleno de la alegría en el Espíritu Santo y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:
«¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron».
Despierta. Abre los ojos. Date cuenta del mundo en el que vives. Date cuenta de lo maravilloso que es descubrirte ante el espejo, todo tú, lleno de preguntas, de fortalezas, de debilidades, de contradicciones y de aciertos. Todo tú en búsqueda, sin muchas veces quererlo; amado sin darte cuenta tantas veces; necesitado de alguien que te diga lo mucho que vales, aunque tantas veces no lo reconozcas. 
Despierta y mira el mundo a tu alrededor. Un mundo lleno de situaciones tan variables como tu solo sabes conocerlas, de personas que necesitan de ti, de otras que sencillamente te quieren lejos. Un mundo donde tu puedes dejar una huella, donde puedes hacer el bien, donde puedes amar, odiar si quisieras, entregar cuando entiendes lo que significa, o quedártelo todo guardado como si a nadie le importara. 
Despierta y date cuenta de que hay alguien. Sí, alguien que te enseña lo que significa AMAR de verdad, PERDONAR sin rencores, ENTREGAR sin estrecheces, SER FELIZ sin abismos. Alguien que te espera. Alguien que sencillamente está allí para ti. 
 
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